Consecuencias I

Un acto reflejo.

Una suerte de señal tan tenue que nace impregnada de suspicacia pero que, sin embargo, es percibida y, lentamente, altera mi (hasta ese momento dispersa) atención.

Un reflejo interior, el enloquecido y perturbador espectáculo de una multitudinaria marcha de neurotransmisores que, arengados por el cautivante y filoso discurso de un recuerdo (el aroma de alguna piel que se mezclara con las fragancias indefinidas de una primavera distante), se confabulan para construir una relación entre dos ideas que, tal vez, no sea conveniente reunir ni mucho menos combinar.

Luego, las consecuencias.


Postales (preludio)

¿Qué es lo contrario de la fe?

No es descreimiento, excesivamente definitivo, cierto, terminante. En sí es una especie de creencia:

La duda.

Salman Rushdie, “Los versos satánicos”

Sobre una superficie de textura singularmente extraña, formada por granos gruesos e irregulares que se repiten incansablemente, camino descalzo buscando un lugar dónde detenerme. No tengo apuro, esta arena no quema los pies, aunque el sol no da tregua en ese momento en que las sombras no se proyectan más allá de unos milímetros fuera de la piel.

De esta manera podría empezar una crónica, como cualquier otra: sosa, formalmente ordenada, con cierto tinte personal pero, a la vez, con el objetivo no muy bien disimulado de pensarse el medio para hablar de otra cosa, tal vez más importante que el mero relato de, pongamos, un viaje. Algo de eso hay, obviamente. Pero aquella frase no constituye el comienzo. Sería más justo colocarla más o menos al medio, flotando suavemente en la orilla del ese mar no siempre calmo que conforman estas postales.

2013-10-08-997

Con la ruptura de la rutina se alcanza, supongo, entre otras cosas más discretas, un mayor grado de sutileza en aquellos pensamientos que nunca logran diferenciarse del ruido de fondo (que no siempre es blanco) de todos los días. Esto es simplemente un fenómeno, algo que sucede más allá de la voluntad y el deseo (si es que algo se escapa a sus pulsiones).

Describir ese fenómeno para intentar darle sustancia a esos pensamientos constituye una buena excusa para ablandar la escritura, que no es otra cosa que seleccionar una historia entre todas las posibilidades.

O tal vez nada de esto tenga sentido. Veremos.


Lectorcitos

En Argentina, lugar donde lo poco probable encuentra el soporte para materializarse, dos diarios enfrentados (no tanto por las circunstancias como por las conveniencias) publicaron hoy, a su manera, claro, notas que se complementan y nos complementan.

Página 12, en la sección Radar, presenta “1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer ” y Clarín, en la página 46 de la edición impresa, publica una nota a Laura Di Marzo, profesora de Lengua y Literatura, que se centra en la lectura (o la no lectura de los chicos y que no está -espero que “todavía”- en la web).

Sobre “1001 libros…”, nada que agregar más allá de que seguramente es un canon (caprichoso, como los chicos y como los cánones), pero que seguramente contiene varios cuentos y novelas que nos marcaron, pero de las que ahora, llena nuestra memoria de datos absurdos e innecesarios, tal vez no recordemos ni el argumento ni, mucho peor aún, lo que nos hicieron sentir (vivir/pensar/imaginar/crear) en su momento. (O tal vez sí, algo recordemos, si hacemos el esfuerzo… A ver, cómo era la historia en “de la Tierra a la Luna” de Verne, lo leí, creo a los 9 o 10 años, en la cama…)

En relación a la nota de Clarín, más allá de que desconfío de las sentencias tajantes, el extracto lo dice todo:

“Uno se hace lectorcito sólo si ve a un adulto atrapado por los libros”

Mis viejos me hicieron lectorcito.

(mis hijos dirán si lo habré logrado con ellos)


Apología del lector libre (día del lector #2)

En el capítulo 16 del libro “Antifrágil” (el gordo) Taleb, fiel a su estilo diríamos que provocador, brabucón o, lisa y llanamente, jetón, arremete contra la educación formal (e, indirectamente, contra los formadores) y practica una suerte de apología del lector libre. Es decir, critica la enseñanza dogmática, estructurada en planes de estudio y ensalza a aquellos (auto)proclamados autodidactas.

A pesar de varias reservas, no pude resistir identificarme (o, al menos, sentir una especie de conexión intelectual, si es que esta expresión significa algo) con el siguiente párrafo, de raíz autobiográfica:

“En la escuela me había dado cuenta de que, si escribimos un trabajo usando un vocabulario rico, literario y preciso (aunque adecuado al tema en cuestión) manteniendo un mínimo de coherencia, el tema en sí sobre el que escribimos pasa a ser secundario y el examinador se fija más en el estilo y el rigor.” (p. 303 de la edición de 2013 de Paidós)

Esa epifanía se sustentó en el hábito de leer, a partir de los 13 años, al menos 30 horas por semana. Leer tan solo lo que le interesaba.

Más allá de la arrogancia de este muchacho y la siempre latente exageración de las anécdotas autobiográficas, esta constituye una respuesta elegante a la pregunta ¿para qué sirve leer?


Me llamo Matías, hace una semana que no leo… (día del lector #1)

Un descanso, un respiro, la pausa y el deleite.

La insignificante posibilidad de reescribir la historia, de transformar un mentira en otra, un poco más atenta.

Un oasis de egoísmo, dicen. Un placer que no es posible transmitir y mucho menos compartir.

Sin embargo, cuántas veces un argumento, una intriga o ese final no previsto se transforman en el más sutil de los pretextos.

Ese estímulo implacable que genera el roce de dos conciencias, de una riqueza y profundidad tan vastas como su soledad y su tristeza.

El centro de gravedad de un sentimiento incipiente, tan extraño, tan incomprensible que su simple reflejo en esos corazones blancos ciega todo indicio de soberbia.

(y entonces, tal vez, comienza otra historia, otro argumento y la misma intriga, pero con un final que nunca suele ser abierto).

Leer puede significar infinidad de cosas. 

Hoy es un (hermoso) recuerdo.


Inercia

Existen palabras que en ciertos contextos poseen una sonoridad evidente, una especie de musicalidad. Quien las sabe manipular logra que se imprima una cadencia subyacente, distinta y en muchos aspectos superior a la simple rima (en una poesía, claro, pero en algo más prosaico como una simple canción).

Lo verdaderamente interesante es que, en contadas ocasiones, encontramos palabras con luminosidad propia. Sumergidas en una frase con la frecuencia adecuada producen esa particular sinestesia que es muy difícil de explicar, justamente, con otras palabras.

ambiente

Y claro, podemos empezar a discutir si lo real existe fuera de nosotros o es simplemente el juego obstinado y ciego de nuestra mente, que busca sentido (y lo crea) a partir del flujo incesante y tormentoso de los estímulos. Entonces, el brillo y la intensidad de aquellas frases son parte de un artefacto, un engaño evolutivo.

Sin embargo, en noches como esta prefiero pensar (o creer) que hay algo ahí afuera, una verdad, una ilusión, la frágil esperanza para romper el vacío.

(y recuerdo todo de ese instante, menos las palabras, cuando decidimos dos caminos)

Oye la frecuencia decaer
cada vez que me dejas
te perseguiría hasta el sol
pero hoy es solo inercia
Y un milenio pasa…

Efecto Doppler, Soda Stereo

http://www.goear.com/listen/91e3c9a/efecto-doppler-soda-stereo


pH

A fuerza de repetición, algo fortuito, azaroso, un simple recodo del destino se vuelve una obsesión.

La mente procesa en segundo plano la secuencia inicial, la fija en conexiones que luego busca, multiplica y altera para que el recuerdo permanezca silencioso, como adormilado hasta que un estímulo lo pretenda.

Mientras tanto, una hoja cae del árbol, lentamente, siguiendo el estricto protocolo de la inercia tan sólo para que su otoño se sume a otro, en una sinfonía fractal que frenéticamente se renueva.

Hasta que un sueño confuso, un error arbitrario o, simplemente, un destello del pasado (esa canción, ese aroma o ese desprecio) nos devuelve el recuerdo erosionado de aquellos momentos, separados del tiempo.

Entonces decidimos que el vacío que nos separa no existe. No es más que un concepto, una abstracción, un absurdo.

Es una frágil y sutil metáfora para tus silencios.

Recordé sus gustos
conversación astral
las canciones que oíamos
su cuerpo lunar
refugio celestial
y el pH de su saliva
y me perdí
en la inmensa quietud…

Crema de Estrellas, Soda Stereo

http://www.goear.com/listen/a020293/crema-de-estrellas-soda-stereo


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