No puedo ser ajeno a todo esto.
Uno cree que tiene cierta opinión formada, alimentada por la (a esta altura digamos que “inocente”) prudencia de escuchar siempre las dos campanas (aunque a veces son sendos carillones que se niegan a ceder tonalidad alguna), de analizar todo con las herramientas que continua y obstinadamente pretenden ser actualizadas (las lecturas heterodoxas, la palabra de las generaciones que ya han vivido todo un abanico de atrocidades de todo tipo de gobierno), de, en definitiva, reflexionar un segundo antes de abrir la boca.
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