El ángel eléctrico

Latitud de vidas paralelas

Uno (III. Vapor de sodio)

La agonía de cada día resultaba inevitable. Recuerdo esta absurda sensación:  la desesperación sincronizándose con el alumbrado público (ese momento algo difuso que comprende los pocos segundos que necesita el vapor de sodio para devolver ciertos detalles en los rostros, con matices que surgen espontáneamente en tonos anaranjados).

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Uno (II: la frecuencia adecuada)

El trayecto entre dos puntos discretos de una ciudad-pueblo pequeña es por antonomasia muy corto en el espacio. Pero la dimensión temporal se dilata al ritmo cansino de la monotonía. Con 14 años, inexperiencia y un desamor prematuro pero intenso, caminar unas cuadras en invierno se vuelve tortuoso. A eso habría que sumarle la inevitabilidad del sermón materno por la demora y la resignación de no poder cambiar nada, menos ese silencio que siempre vence a las palabras, en el momento preciso de utilizaras.

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Uno (I: indicios)

La primera vez que consideré verosímil la existencia de un ente llamado “alma” eran las 8 y algo de una tarde de invierno, estaba en una plaza tal vez vacía y tenía frío. Es decir, creo que hacía mucho frío.

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Preludio (II: Estocástica)

Él, o mejor (para arbitrariamente definir un nombre y con ello condicionar la imagen que pudiéramos ensayar con nuestra imaginación a un recuerdo, o peor, a una sensación irremediablemente asociada a ese recuerdo de cierto nombre), Santiago, entonces, piensa que existe, que debería existir, un orden subyacente que aglutine todas la experiencias y las transforme, con un gasto energético despreciable o al menos tolerable, en datos precisos, matemáticamente discretos y por eso contundentes, en información lo suficientemente ordenada como para tomar las decisiones correctas, con la mayor velocidad posible (huele aroma a queso, e inmediatamente recuerda la palabra “argamasa”, un término que se le pegó del Quijote, tal vez por su sonoridad -tantas aes-, y cuyo significado hasta aquel momento ajeno le resultó convincente para expresar solidez, sustento y, de manera un poco mas intrincada, claridad).

Es decir, como mucho tiempo ocurrió con la Historia (o la Humanidad, es que a  veces se confunden), Santiago, en definitiva y resumiendo, estaba atravesando un período tímidamente materialista y decididamente determinista de su (hasta allí) corta existencia. Sólo que todavía no estaba conciente de esto, y menos aún de lo inocente de esa (im)postura. Pero, como tristemente se sabe, todo llega. Y rápido.

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Preludio (I: La integral del estupor)

Cuando clareaban los 90 un conjunto aparentemente azaroso de procesos se dispararon en simultáneo, de forma precisa y dolorosa (hubo que esperar poco tiempo para entenderlo, pero si hablamos de asimilarlo, de superarlo dialécticamente -teóricamente, al menos- una eternidad recién estaba comenzando).

La fiesta mental avanzaba a paso infinitesimal tendiendo a su apogeo, límite que nunca sería alcanzado (el Cálculo es casi tan cruel como la Cábala, aunque más sutil en su amenaza). Era, dicho esto con la sinceridad justa y necesaria para opacar cierta hipocresía de base -esa que poseemos “por defecto”-, un buen momento, si se realizaba el lúdico experimento neuronal de la abstracción absoluta, es decir de olvidar de antemano las consecuencias -La Consecuencia-. Era una joda, un limbo. Una renuncia.

Él vagaba en ese peculiar estado de anestesia a la vez peridural y generalizada. Todos estábamos narcotizados, aunque los motivos eran diversos y, en su caso, extremadamente particulares: una mezcla equimolar de ingreso abrupto a la adolescencia y abandono igualmente brusco de todo el sustento religioso de La Realidad.

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Todo es mentira, ya verás.


"Sin embargo, ella permanece, fría, agria y dulce, esperando que la absorbas por completo hasta llegar a tus células más profundas, hasta mezclarse con tus sueños más tristes".

Dudas existenciales:

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