La interpretación de Copenhague por Don Draper

La mecánica cuántica es fascinante. Lo es mucho más para los que no dominamos las matemáticas subyacentes a sus postulados, pero nos conformamos (por eso de mal de muchos, consuelo de tontos) con las explicaciones, derivaciones y devaneos que de tan filosóficos rozan con el absurdo. La interpretación de Copenhague es acaso, o por antonomasia, quién sabe, el delirio de esas mentes perturbadas.

Sigue leyendo

Invisible de Paul #Auster

Después de leer varias novelas de Auster, a lo largo de muchos años, sin seguir hoja de ruta alguna, más allá de lo que el azar (con el que tanto juguetea el mismo autor) dictamine (aunque a veces, debo confesar, se me ocurren y llevo a cabo con maníaca precisión ciertas rutinas de lectura estructuradas alrededor de ideas absurdas como alternar autores anglosajones con sus colegas hispanohablantes, quizás por un prejuicio contra las traducciones de los primeros o la familiaridad en el lenguaje de los segundos -en especial si son argentinos, que representan siempre un número menor en mi Canon, vaya uno a saber por qué- o, algo más clásico, por ejemplo someterme a eso de lo que tanto reniego -afirmando y revitalizando la flagrante contradicción en la que parecen descansar, cómodamente, mis pensamientos (#1)-, los “géneros”, y pasar de un policial -con sus tonalidades que van de lo psicológico a lo duro, negro o yanqui, como si esta subdivisión de lo absurdo de la clasificación, por un efecto matemático, no sólo lo anulara, a lo absurdo digo, sino que también lo explicara- a una novela fantástica, sin otra solución de continuidad aparte de la autoimpuesta y arbitraria legislación), no esperaba que surja algún giro en la trama, el estilo (o ambos) que me sorprenda cuando rescaté del tedio de mi biblioteca a “Invisible”, que venía humedeciendo su celulosa desde el 2011.

Sigue leyendo

Citas (influyentes) #1

Experimenté una sensación casi de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue dando su propia forma. Algo muy preciado se estaba disolviendo y se me escurría entre los dedos. No obstante, con qué facilidad lo dejé ir al final. El pasado, me refiero al pasado real, importa menos de lo que pretendemos.

John Banville, “El mar”

Un cierto otoño (#Banville)

Leer a Banville es difícil. No por esa cadencia en la escritura, que uno va absorbiendo lenta e imperceptiblemente hasta lograr un estado de inocente complicidad, de lánguida complacencia.

La dificultad subyace, cómo no, en un nivel más opaco del pensamiento, que comienza a presionar cada vez con mayor persistencia contra el inestable muro de la conciencia: el efluvio intenso y punzante de ciertos recuerdos.

Entonces, a medida que se desarrolla la trama pretendida por el autor, nuestra mente recorre innumerables senderos que indefectiblemente conducen, de manera engañosa y supina, a un mismo lugar, el origen de nuestro destino.

Banville, perverso en su brillante elegancia, nos induce al perdernos en nuestros no tan velados misterios, siempre atento para volver a rescatarnos, algunas páginas más adelante, con la guardia baja y el corazón revuelto:

Cuando llegamos me maravilló que hubiera muchas cosas del pueblo que yo recordaba que siguieran allí, aunque sólo fuera para los ojos que supieran dónde mirar, es decir, los míos. Era como encontrar un antiguo amor tras cuyos rasgos aletargados por la edad aun se pueden discernir claramente los delicados rasgos que un antiguo yo amó tanto. (John Banville, “el mar”)

Si en cierto otoño

de regreso a cierto pueblo

sin mediar nada más que un absurdo intento

surgen palabras, frases que encubren miedo y desaliento

entonces esa inmensa, dolorosa duda

de ser la causa o  ser el efecto

se esconde mar adentro:

Qué pequeño recipiente de tristeza somos, navegando en este apagado silencio a través de la oscuridad del otoño. (John Banville, “el mar”)

Consecuencias I

Un acto reflejo.

Una suerte de señal tan tenue que nace impregnada de suspicacia pero que, sin embargo, es percibida y, lentamente, altera mi (hasta ese momento dispersa) atención.

Un reflejo interior, el enloquecido y perturbador espectáculo de una multitudinaria marcha de neurotransmisores que, arengados por el cautivante y filoso discurso de un recuerdo (el aroma de alguna piel que se mezclara con las fragancias indefinidas de una primavera distante), se confabulan para construir una relación entre dos ideas que, tal vez, no sea conveniente reunir ni mucho menos combinar.

Luego, las consecuencias.

Postales (preludio)

¿Qué es lo contrario de la fe?

No es descreimiento, excesivamente definitivo, cierto, terminante. En sí es una especie de creencia:

La duda.

Salman Rushdie, “Los versos satánicos”

Sobre una superficie de textura singularmente extraña, formada por granos gruesos e irregulares que se repiten incansablemente, camino descalzo buscando un lugar dónde detenerme. No tengo apuro, esta arena no quema los pies, aunque el sol no da tregua en ese momento en que las sombras no se proyectan más allá de unos milímetros fuera de la piel.

De esta manera podría empezar una crónica, como cualquier otra: sosa, formalmente ordenada, con cierto tinte personal pero, a la vez, con el objetivo no muy bien disimulado de pensarse el medio para hablar de otra cosa, tal vez más importante que el mero relato de, pongamos, un viaje. Algo de eso hay, obviamente. Pero aquella frase no constituye el comienzo. Sería más justo colocarla más o menos al medio, flotando suavemente en la orilla del ese mar no siempre calmo que conforman estas postales.

2013-10-08-997

Con la ruptura de la rutina se alcanza, supongo, entre otras cosas más discretas, un mayor grado de sutileza en aquellos pensamientos que nunca logran diferenciarse del ruido de fondo (que no siempre es blanco) de todos los días. Esto es simplemente un fenómeno, algo que sucede más allá de la voluntad y el deseo (si es que algo se escapa a sus pulsiones).

Describir ese fenómeno para intentar darle sustancia a esos pensamientos constituye una buena excusa para ablandar la escritura, que no es otra cosa que seleccionar una historia entre todas las posibilidades.

O tal vez nada de esto tenga sentido. Veremos.

Lectorcitos

En Argentina, lugar donde lo poco probable encuentra el soporte para materializarse, dos diarios enfrentados (no tanto por las circunstancias como por las conveniencias) publicaron hoy, a su manera, claro, notas que se complementan y nos complementan.

Página 12, en la sección Radar, presenta “1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer ” y Clarín, en la página 46 de la edición impresa, publica una nota a Laura Di Marzo, profesora de Lengua y Literatura, que se centra en la lectura (o la no lectura de los chicos y que no está -espero que “todavía”- en la web).

Sobre “1001 libros…”, nada que agregar más allá de que seguramente es un canon (caprichoso, como los chicos y como los cánones), pero que seguramente contiene varios cuentos y novelas que nos marcaron, pero de las que ahora, llena nuestra memoria de datos absurdos e innecesarios, tal vez no recordemos ni el argumento ni, mucho peor aún, lo que nos hicieron sentir (vivir/pensar/imaginar/crear) en su momento. (O tal vez sí, algo recordemos, si hacemos el esfuerzo… A ver, cómo era la historia en “de la Tierra a la Luna” de Verne, lo leí, creo a los 9 o 10 años, en la cama…)

En relación a la nota de Clarín, más allá de que desconfío de las sentencias tajantes, el extracto lo dice todo:

“Uno se hace lectorcito sólo si ve a un adulto atrapado por los libros”

Mis viejos me hicieron lectorcito.

(mis hijos dirán si lo habré logrado con ellos)

Apología del lector libre (día del lector #2)

En el capítulo 16 del libro “Antifrágil” (el gordo) Taleb, fiel a su estilo diríamos que provocador, brabucón o, lisa y llanamente, jetón, arremete contra la educación formal (e, indirectamente, contra los formadores) y practica una suerte de apología del lector libre. Es decir, critica la enseñanza dogmática, estructurada en planes de estudio y ensalza a aquellos (auto)proclamados autodidactas.

A pesar de varias reservas, no pude resistir identificarme (o, al menos, sentir una especie de conexión intelectual, si es que esta expresión significa algo) con el siguiente párrafo, de raíz autobiográfica:

“En la escuela me había dado cuenta de que, si escribimos un trabajo usando un vocabulario rico, literario y preciso (aunque adecuado al tema en cuestión) manteniendo un mínimo de coherencia, el tema en sí sobre el que escribimos pasa a ser secundario y el examinador se fija más en el estilo y el rigor.” (p. 303 de la edición de 2013 de Paidós)

Esa epifanía se sustentó en el hábito de leer, a partir de los 13 años, al menos 30 horas por semana. Leer tan solo lo que le interesaba.

Más allá de la arrogancia de este muchacho y la siempre latente exageración de las anécdotas autobiográficas, esta constituye una respuesta elegante a la pregunta ¿para qué sirve leer?

Me llamo Matías, hace una semana que no leo… (día del lector #1)

Un descanso, un respiro, la pausa y el deleite.

La insignificante posibilidad de reescribir la historia, de transformar un mentira en otra, un poco más atenta.

Un oasis de egoísmo, dicen. Un placer que no es posible transmitir y mucho menos compartir.

Sin embargo, cuántas veces un argumento, una intriga o ese final no previsto se transforman en el más sutil de los pretextos.

Ese estímulo implacable que genera el roce de dos conciencias, de una riqueza y profundidad tan vastas como su soledad y su tristeza.

El centro de gravedad de un sentimiento incipiente, tan extraño, tan incomprensible que su simple reflejo en esos corazones blancos ciega todo indicio de soberbia.

(y entonces, tal vez, comienza otra historia, otro argumento y la misma intriga, pero con un final que nunca suele ser abierto).

Leer puede significar infinidad de cosas. 

Hoy es un (hermoso) recuerdo.

Inercia

Existen palabras que en ciertos contextos poseen una sonoridad evidente, una especie de musicalidad. Quien las sabe manipular logra que se imprima una cadencia subyacente, distinta y en muchos aspectos superior a la simple rima (en una poesía, claro, pero en algo más prosaico como una simple canción).

Lo verdaderamente interesante es que, en contadas ocasiones, encontramos palabras con luminosidad propia. Sumergidas en una frase con la frecuencia adecuada producen esa particular sinestesia que es muy difícil de explicar, justamente, con otras palabras.

ambiente

Y claro, podemos empezar a discutir si lo real existe fuera de nosotros o es simplemente el juego obstinado y ciego de nuestra mente, que busca sentido (y lo crea) a partir del flujo incesante y tormentoso de los estímulos. Entonces, el brillo y la intensidad de aquellas frases son parte de un artefacto, un engaño evolutivo.

Sin embargo, en noches como esta prefiero pensar (o creer) que hay algo ahí afuera, una verdad, una ilusión, la frágil esperanza para romper el vacío.

(y recuerdo todo de ese instante, menos las palabras, cuando decidimos dos caminos)

Oye la frecuencia decaer
cada vez que me dejas
te perseguiría hasta el sol
pero hoy es solo inercia
Y un milenio pasa…

Efecto Doppler, Soda Stereo

http://www.goear.com/listen/91e3c9a/efecto-doppler-soda-stereo

pH

A fuerza de repetición, algo fortuito, azaroso, un simple recodo del destino se vuelve una obsesión.

La mente procesa en segundo plano la secuencia inicial, la fija en conexiones que luego busca, multiplica y altera para que el recuerdo permanezca silencioso, como adormilado hasta que un estímulo lo pretenda.

Mientras tanto, una hoja cae del árbol, lentamente, siguiendo el estricto protocolo de la inercia tan sólo para que su otoño se sume a otro, en una sinfonía fractal que frenéticamente se renueva.

Hasta que un sueño confuso, un error arbitrario o, simplemente, un destello del pasado (esa canción, ese aroma o ese desprecio) nos devuelve el recuerdo erosionado de aquellos momentos, separados del tiempo.

Entonces decidimos que el vacío que nos separa no existe. No es más que un concepto, una abstracción, un absurdo.

Es una frágil y sutil metáfora para tus silencios.

Recordé sus gustos
conversación astral
las canciones que oíamos
su cuerpo lunar
refugio celestial
y el pH de su saliva
y me perdí
en la inmensa quietud…

Crema de Estrellas, Soda Stereo

http://www.goear.com/listen/a020293/crema-de-estrellas-soda-stereo

Algoritmos incompletos (uno)

Nunca se miraban, no lograban hacerlo. No es que algo tan banal como el pudor alguna vez los haya tentado. Era tan solo la incipiente sensación del final que presagiaban sus ojos. 

Cada uno con su particular receta para representarse la realidad, creían definir aquello que los mantenía en una misma dimensión de algo mucho más complejo de lo que suponían. Sin embargo, casi como por inercia, algunas consecuencias se estaban gestando. Respuestas a las preguntas que siempre se quedaban sin formular, disimuladas en horas de charlas si sentido (más allá de lo único que importaba, demorar el suave y hasta delicado momento previo al adiós, al beso tímido en la mejilla a la vez entumecida por el frío y rosada por la capilaridad de la inocencia), realizando el siempre agotador esfuerzo de procesar lo que está sucediendo en realidad y, paralelamente, sostener en la imaginación (y en el deseo) esa historia que nunca afloraba pero que se iba haciendo más verosímil con cada encuentro, haciéndolos cada vez más dolorosos y necesarios.

Cuando llegaba el frío (temprano y frenéticamente) los tonos del lugar viraban al rojo, como si todo se alejara cada vez con mayor velocidad de un punto imaginario, es decir, de ellos mismos.

Fricción

Quería explicar que

(de alguna manera extraña y hasta retorcida),

algo tenía sentido.

Entonces, cerrar los ojos y negar al otro

parecía lo único correcto.

Todo ocurrió en la eternidad de un momento

(algunos detalles se perdieron en lo abstracto de un simple recuerdo).

Una imagen que se disgrega en miles de partículas de tiempo.

Que el azar

(o el resabio de ese amor)

confunde con el sonido de tu ecos.

 

 

 

 

No leas el cartel

Creo que ya se trata de un acto reflejo, una secuencia lógica de estímulos, impulsos y respuestas. El mecanismo silencioso que logra eclipsar la voluntad y la razón, amplificando el deseo.

Durante el instante cegador de un destello, el sonido de la lluvia dispara esa suma infinitesimal de texturas que son los recuerdos.

Una chica sentada en el suelo, con la mirada tan dulce como poco inocente, repite algunas frases entre dientes:

Por favor no leas el cartel
ni anuncios de ayer
no puedo esperarte hasta fin de siglo

Quiero sentir tu cuerpo acercandose
quiero encontrar un paraíso y no volver

No me asustan los desvíos, los puentes
solo quiero seguir acercándome, acercándome
puedo encontrar ese paraiso acercándome, acercándome…

noviembre

Esa historia, falsa, que nos repetimos varias veces, cuando nada es lo que parece, para convencernos y seguir adelante, siempre adelante, como si allá, más lejos, en el  futuro, algo bueno, o al menos algo mejor, nos estuviera esperando.

El instante eterno, que transcurre entre esa pregunta y el silencio (o entre el deseo y la indiferencia).

Un espacio en blanco, entre palabras de aliento.

Tu mirada de entonces que disimulaba el asombro pero no el desprecio.

Aquella melodía, ese aroma o cualquiera de nuestros secretos.

La imagen que tal vez sea tu rostro, reflejado en millones de cristales de arena (dispersos en mis recuerdos).

La distancia, el olvido, la vida que nos golpea.

El día en que todo cambió (o en el que todo se perdió).

Siempre el mismo sueño (que nunca cesa).

Todo es un sutil engaño, la puesta en escena de nuestros más profundos anhelos.

Pero, sin embargo, todavía espero.

La inútil correlación de ciertas historias

La memoria, el tiempo, la espera, o el cansancio de tanta espera. Temas recurrentes, reiterativos y autorreferenciales (uno espera y en esa acción recuerda, luego escribe sobre la espera y la memoria).

El 10 de julio, hoy hace 10 días, podría ser una fecha importante. Por supuesto, porque algo se recuerda, pero en este caso restringido al ámbito estrecho y opaco (para el resto) de la experiencia personal.

Que escriba sobre aquello hoy, el 20 de julio, el día del amigo, podría ser simplemente una eventualidad. Sin embargo presiento una correlación (nada lineal, claro, los procesos de las emociones carecen de explicaciones rectas).

El 10 de julio, hacer 19 años (y se termina el encanto de las cifras redondas), faltaban 10 días para el día del amigo. El mejor de todos ellos. De todas ellas (ella fue mi frase mas hermosa, dijo Fito, cuando no existía tanto asco de por medio).

Pero la textura de aquel día, que hoy apenas distingo, revelaba otra historia, más sutil que la amistad. Pero mucho más efímera. Como todo, como todos.

(re)cover

Un instante nunca permanece aislado, ni en la más bella abstracción del consuelo matemático.

Por eso, persistimos en el intento de fundir ese momento en una melodía con la obstinada ilusión de retenerlo.

Sucede que en (contadas) ocasiones esa melodía vuelve con otra textura: el recuerdo permanece, nosotros ya no podemos entenderlo:

 

Un momento de vértigo

Un tiempo extraño (todo transcurre siguiendo otros parámetros, indescifrables).

La velocidad es otra (la percepción simpre difusa, hoy encuentra un foco).

El frío, el miedo, la soledad y todos sus afectos perdieron fundamento.

Hoy el olvido cede (también ciertos recuerdos).

El riesgo es el camino más intenso
y sueles dejarme solo
Afuera el frío embiste
Adentro el vértigo
sueles dejarme solo.

Innuendo

Un patrón que se replica y permanece
(en el deseo o en los sueños).
Una tenue monotonía, imperceptible, implacable
(la eterna ausencia).
Avanzamos, sin reparos, sin objeto,
esperando que el presente lo cubra todo
(con el velo del desprecio).

Llueve en Santa Fe on Twitpic
Pero algo nos vincula
(hasta nos supera).
Una insinuación, un reflejo
(o el simple tedio)
bastan para barajar de nuevo.

Esa imagen distorsionada

Caminado en diagonal, para acortar distancias (en esos tiempos cuando queríamos que todo pasara rápidamente), cruzábamos la plaza.

Viento helado, manos sudorosas, sonrisas forzadas, corazones (aun) tan blancos.

Un domingo, a la siesta. No había nadie (para disimular nuestras miradas).

Pensábamos que era el momento para mover alguna ficha y desencadenar la jugada.

Bailando juntos (torpemente) pero a cierta distancia en una fiesta a la madrugada.

Humo, calor, manos sudorosas y la razón algo perturbada.

Música fuerte, risas, charlas entreveradas y mucha gente (para disimular las miradas).

Otro chance. Una imagen que se repite. Pero que nunca conduce a nada.

Un borde imperfecto

El comportamiento de un grupo considerable de gente analizado desde la estadística: actos aislados, aleatorios y hasta contradictorios. Pero en conjunto podemos ver tendencias, probabilidades de ocurrencia, patrones. Algunos exegetas, los más descabellados, extrapolan todo hasta sobrepasar los límites del sentido común.

El comportamiento de dos personas. Suponemos con cierto grado de interrelación, digamos que también de interdependencia.Un modelo a priori más simple. Pero no, la estadística no aplica. La razón encuentra el límite, la singularidad, donde todo vale. Porque nada está determinado, no hay inicio (o no lo podemos precisar, camuflado en el proceso exquisito de la seducción) y varios finales. Todos inciertos, menos Uno.

No hablaré del final
Por ninguna razón
En silencio despertarás
De tu historia de amor
Cuando arrojes al mar
Las cenizas de la pasión
No hablaré del final
Por ninguna razón

En el borde (Cerati/Bosio/Coleman)


 

 

Vestigios (precuela 1)

Jugando al póker, en el subsuelo de un edificio en el centro de una ciudad que no puede olvidar (lo intenta, y hasta cierto punto lo logra, pero siempre vuelve).
Venía bien, al menos los montículos de fichas (separados escrupulosamente por color, por tamaño y por costumbre -en ese orden-) crecían hasta el punto de quitarle sitio al vaso de vino tan necesario. Algo sorprendente, digamos. Porque no estaba siguiendo el juego. Ni siquiera pensaba en eso.
Además el alcohol ya comenzaba a comprometer el de por sí débil estado de nervios que toda la situación significaba. Toda esa situación, extraña, compleja y desbordante, se estaba precipitando a lo de siempre: el error de cálculos.
Fue exactamente el cuarto mensaje de texto (de los últimos cinco minutos) el que catalizó el desastre (aunque, si lo vemos en perspectiva, pudo ser peor). Decía:

bueno ya me voy decime donde estas te paso a buscar estoy en el coche

O algo por el estilo. La respuesta fue:

en 5 min enfrente del negocio del negro. Ojo que estoy medio borracho.

Pero teniendo en cuenta hasta el más básico de los instintos de conservación (e incluso las leyes de la física) la respuesta correcta tendría que haber sido:

anda a cagar, a esta altura vos me apuras a mí?

Pero, gracias a que existen otros instintos, y las mentes en apariencia tan racionales se toman ciertas licencias (incluidas en las leyes de la física), las cosas siguieron la vía de la literatura (que no es otra que la del error -de cálculos-).

Sigue…

Dos maneras

Dos componentes y un vínculo.

Alguien dice, otro piensa.

El que miente y quien lo justifica.

Un emisor y tal vez un receptor.

Uno que sueña y el sonámbulo.

Dos realidades paralelas.

El tiempo se deshace frágil

(mientras alguien espera)

una primavera

(que nunca llega).

Pero estamos solos

con relojes de arena

buscando la clave

para evitar la marea.

Desorganizando el tiempo (Orsai #1)

Una doceava parte del año casi no quedó registrada. Algo así como cuando venís de súper, cargado de bolsas (y con -$750 promedio) y en medio del trance organizativo ponés la caja con la docena de huevos (colorados, mejor) en la heladera y caés en la cuenta (ya por el olor, ya por el aspecto desagradable del pegote en el cartón) que un huevo ya dejó de serlo.

En una especie de rito que va perdiendo fieles a un ritmo vertiginoso, se supone que para esta época ya estaríamos abordando los típicos tópicos literario-contables: la lista de libros leídos en el ejercicio anterior (que últimamente se diversificó incluyendo películas, series, personajes destacados -en el buen sentido y en el otro también- etc.).

Pero la pereza, que le dio la teta a todos sus retoños viciosos, hoy más que nunca pide pista.

Entonces, a otra cosa: unas pequeñas reflexiones acerca de, para empezar, uno de los artículos de la revista de Orsai (cuyo segundo número está cacareando justamente en estos momentos).

Mas allá de la calidad de la revista (excelente), de la selección de su contenido (sinceramente: original) y de la (contra)estrategia de distribución (acertadísima desde el humilde punto de vista del consumidor) hay verdaderas joyas (uf! que expresión de mierda, tan trillada, tan lineal, bah la dejo igual, por algo no escribo en esa revista).

1. Esas lágrimas que te nublan la vista (y corren la tinta…):

La “crónica intempestiva” de Juan Villoro titulada Mi padre, el cartaginés. Una delicia. Un palimpsesto que esconde tras capas y capas de erudicción (filosófica, histórica, lo que se te ocurra) un sentimiento tan bien expresado (y transmitido) que, como dice Casciari en la intro, en su mejor rol de gordo espoilero, es inevitable llegar a las lágrimas.

No digo más (hay que leerla, si quieren bajen la revista entera). Sólo que Villoro escribe fenomenal (qué novedad!, lo que me trae a la memoria el siguiente interrogante: ¿cómo carajo no leí nada de este mejicano hasta este momento?):

Escribir significa desorganizar sistemáticamente una serie, el alfabeto. Del mismo modo, evocar significa desorganizar sistemáticamente el tiempo. ¿Hasta cuándo debemos hacerlo?

Juan Villoro, revista Orsai n°1 p. 28

En breve seguimos…