La nave vuelve a partir

Un intervalo que se extendió demasiado, seguro de sí mismo.

La necesidad de ordenar, traducir y fijar pensamientos en otro tipo de interacciones eléctricas, o en el tiempo.

Reincidir, intentarlo torpemente, repetir (los mismos instantes, o errores).

Y una vez más, pensar(te).

La nave vuelve a partir.

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Montaje

Imaginemos una escena, cuidadosamente montada.

El sol se desdibuja en una caída sigilosa, cómplice. El ámbar anaranjado de su superficie se confunde, intencionadamente, con el rubor rojizo que inunda el horizonte.

Una brisa, demasiado tímida para tenerla en cuenta, intenta resaltar su presencia. Entonces el aire, algo denso hasta ese momento, interrumpe su inercia y enmarca el momento.

Por supuesto, la tarde está cayendo en sus ojos.

Las tablas de un banco, víctimas de la lluvia y del tedio, se descaman dejando entrever capas de historias olvidadas.

Una pérgola proyecta una sombra débil, deformada, sobre esas tablas y envenena aquél aire con un dulzor penetrante que anticipa el encuentro.

Ciertos momentos de indiferencia, si no se prolongan demasiado y no encubren alguna forma sutil y educada de desprecio, pueden ser alentadores. El problema reside en lograr descifrarlos, habilidad que se cultiva a lo largo de varios años para terminar de perfeccionarla cuando ya nada tiene sentido, menos aún la indiferencia ajena.

La interpretación de Copenhague por Don Draper

La mecánica cuántica es fascinante. Lo es mucho más para los que no dominamos las matemáticas subyacentes a sus postulados, pero nos conformamos (por eso de mal de muchos, consuelo de tontos) con las explicaciones, derivaciones y devaneos que de tan filosóficos rozan con el absurdo. La interpretación de Copenhague es acaso, o por antonomasia, quién sabe, el delirio de esas mentes perturbadas.

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Invisible de Paul #Auster

Después de leer varias novelas de Auster, a lo largo de muchos años, sin seguir hoja de ruta alguna, más allá de lo que el azar (con el que tanto juguetea el mismo autor) dictamine (aunque a veces, debo confesar, se me ocurren y llevo a cabo con maníaca precisión ciertas rutinas de lectura estructuradas alrededor de ideas absurdas como alternar autores anglosajones con sus colegas hispanohablantes, quizás por un prejuicio contra las traducciones de los primeros o la familiaridad en el lenguaje de los segundos -en especial si son argentinos, que representan siempre un número menor en mi Canon, vaya uno a saber por qué- o, algo más clásico, por ejemplo someterme a eso de lo que tanto reniego -afirmando y revitalizando la flagrante contradicción en la que parecen descansar, cómodamente, mis pensamientos (#1)-, los “géneros”, y pasar de un policial -con sus tonalidades que van de lo psicológico a lo duro, negro o yanqui, como si esta subdivisión de lo absurdo de la clasificación, por un efecto matemático, no sólo lo anulara, a lo absurdo digo, sino que también lo explicara- a una novela fantástica, sin otra solución de continuidad aparte de la autoimpuesta y arbitraria legislación), no esperaba que surja algún giro en la trama, el estilo (o ambos) que me sorprenda cuando rescaté del tedio de mi biblioteca a “Invisible”, que venía humedeciendo su celulosa desde el 2011.

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Citas (influyentes) #1

Experimenté una sensación casi de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue dando su propia forma. Algo muy preciado se estaba disolviendo y se me escurría entre los dedos. No obstante, con qué facilidad lo dejé ir al final. El pasado, me refiero al pasado real, importa menos de lo que pretendemos.

John Banville, “El mar”

Un cierto otoño (#Banville)

Leer a Banville es difícil. No por esa cadencia en la escritura, que uno va absorbiendo lenta e imperceptiblemente hasta lograr un estado de inocente complicidad, de lánguida complacencia.

La dificultad subyace, cómo no, en un nivel más opaco del pensamiento, que comienza a presionar cada vez con mayor persistencia contra el inestable muro de la conciencia: el efluvio intenso y punzante de ciertos recuerdos.

Entonces, a medida que se desarrolla la trama pretendida por el autor, nuestra mente recorre innumerables senderos que indefectiblemente conducen, de manera engañosa y supina, a un mismo lugar, el origen de nuestro destino.

Banville, perverso en su brillante elegancia, nos induce al perdernos en nuestros no tan velados misterios, siempre atento para volver a rescatarnos, algunas páginas más adelante, con la guardia baja y el corazón revuelto:

Cuando llegamos me maravilló que hubiera muchas cosas del pueblo que yo recordaba que siguieran allí, aunque sólo fuera para los ojos que supieran dónde mirar, es decir, los míos. Era como encontrar un antiguo amor tras cuyos rasgos aletargados por la edad aun se pueden discernir claramente los delicados rasgos que un antiguo yo amó tanto. (John Banville, “el mar”)

Si en cierto otoño

de regreso a cierto pueblo

sin mediar nada más que un absurdo intento

surgen palabras, frases que encubren miedo y desaliento

entonces esa inmensa, dolorosa duda

de ser la causa o  ser el efecto

se esconde mar adentro:

Qué pequeño recipiente de tristeza somos, navegando en este apagado silencio a través de la oscuridad del otoño. (John Banville, “el mar”)

Consecuencias I

Un acto reflejo.

Una suerte de señal tan tenue que nace impregnada de suspicacia pero que, sin embargo, es percibida y, lentamente, altera mi (hasta ese momento dispersa) atención.

Un reflejo interior, el enloquecido y perturbador espectáculo de una multitudinaria marcha de neurotransmisores que, arengados por el cautivante y filoso discurso de un recuerdo (el aroma de alguna piel que se mezclara con las fragancias indefinidas de una primavera distante), se confabulan para construir una relación entre dos ideas que, tal vez, no sea conveniente reunir ni mucho menos combinar.

Luego, las consecuencias.