36° 37′ 00″ S 64° 16′ 60″ O

La patria es la infancia, dicen. En realidad, o así por lo menos lo indica la mitología literaria, esta afirmación categórica surge del imaginario de Rainer Maria Rilke

De los misterios que subyacen en los intersticios de esto que ha sido dado en llamar realidad no creo conveniente hablar. Pero que una cosa lleva a la otra, digo, no tengo dudas.

Todos los días, desde los enormes ventanales que delimitan mi tedio laboral con la realidad exterior, soy testigo privilegiado de un espectáculo susceptible de los peores sentimientos de envidia por parte de aquellos que sólo pueden multiplicar las ventanas en sus miradas. Es que en un sector de la reserva ecológica lindante a la (mal llamada) laguna Setúbal, diariamente se dan cita una multitud de garzas que tiznan de nieve la orilla del lago interior. De repente, como en una especie de apoteosis dionisíaca, se produce la epifanía: haciendo gala de una sincronización pocas veces vista en la naturaleza, en un único movimiento convulsivo todos los integrantes del concilio levantan vuelo al unísono, sólo para describir una especie de elipse orbital y retomar sus posiciones originarias. Quizás semejante comportamiento se adscriba a una simple redada en busca de insectos. Yo prefiero pensar que estos pájaros, en los momentos más álgidos de alguna discusión acerca de cualquier tema (me inclinaría por la eterna discordia entre lo uno y lo múltiple, pero seguro hablan de minas), atemperan sus impulsos asesinos con un vuelo rasante grupal, para recuperar así la objetividad necesaria para el normal desarrollo de la dura convivencia.

Al parecer, mi subconsciente estaría atravesando un período de contrastes profundos, como si se viera necesitado de antónimos casi absolutos. Así, disfrutando de lo que he dado en llamar “la conjura de las garzas” recordé otro espectáculo, en otro lugar y, sobre todo, en otra época. Mi infancia.


Y mi patria es mi infancia, tenía razón nomás don Rilke. Y mi niñez (y mi adolescencia, con todo lo que eso implica) está determinada, diría que hasta condicionada, por una ciudad. Y en la plaza principal de aquella pequeña gran ciudad, todas las tardes (ya no recuerdo en que época del año) tenía lugar otro espectáculo deslumbrante: el sol se eclipsaba por una nube densa de tordos, confirmando el hecho de que se me venía la noche (hecho que en ese momento se materializaba en las palabras de despedidas que ya no sabía como dilatar). Lo cierto es que los tordos, ciegos de obediencia ante el tañido del campanario de la catedral, cumplían con su peregrinación diaria desde los árboles de la plaza hacia los del patio de la Curia. Bichos religiosos si los hay los tordos. Creo que fueron los únicos seres vivos que nunca defraudaron al obispo y asistieron sin falta al bingo diario de la salvación eterna.

Desde la oscuridad de los tordos hasta la luz cenicienta de las garzas seguramente miles de imágenes cargadas de significados estimularon mis ojos. Pero no las recuerdo. Tal vez tenga que aprender a mirar de nuevo.

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7 comentarios en “36° 37′ 00″ S 64° 16′ 60″ O

  1. Increíble texto, también yo me fui para atrás, a mi infancia, llena de gorriones.
    “La conjura de las garzas”, muy bueno!.

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