Preludio (I: La integral del estupor)

Cuando clareaban los 90 un conjunto aparentemente azaroso de procesos se dispararon en simultáneo, de forma precisa y dolorosa (hubo que esperar poco tiempo para entenderlo, pero si hablamos de asimilarlo, de superarlo dialécticamente -teóricamente, al menos- una eternidad recién estaba comenzando).

La fiesta mental avanzaba a paso infinitesimal tendiendo a su apogeo, límite que nunca sería alcanzado (el Cálculo es casi tan cruel como la Cábala, aunque más sutil en su amenaza). Era, dicho esto con la sinceridad justa y necesaria para opacar cierta hipocresía de base -esa que poseemos “por defecto”-, un buen momento, si se realizaba el lúdico experimento neuronal de la abstracción absoluta, es decir de olvidar de antemano las consecuencias -La Consecuencia-. Era una joda, un limbo. Una renuncia.

Él vagaba en ese peculiar estado de anestesia a la vez peridural y generalizada. Todos estábamos narcotizados, aunque los motivos eran diversos y, en su caso, extremadamente particulares: una mezcla equimolar de ingreso abrupto a la adolescencia y abandono igualmente brusco de todo el sustento religioso de La Realidad.

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