Preludio (II: Estocástica)

Él, o mejor (para arbitrariamente definir un nombre y con ello condicionar la imagen que pudiéramos ensayar con nuestra imaginación a un recuerdo, o peor, a una sensación irremediablemente asociada a ese recuerdo de cierto nombre), Santiago, entonces, piensa que existe, que debería existir, un orden subyacente que aglutine todas la experiencias y las transforme, con un gasto energético despreciable o al menos tolerable, en datos precisos, matemáticamente discretos y por eso contundentes, en información lo suficientemente ordenada como para tomar las decisiones correctas, con la mayor velocidad posible (huele aroma a queso, e inmediatamente recuerda la palabra “argamasa”, un término que se le pegó del Quijote, tal vez por su sonoridad -tantas aes-, y cuyo significado hasta aquel momento ajeno le resultó convincente para expresar solidez, sustento y, de manera un poco mas intrincada, claridad).

Es decir, como mucho tiempo ocurrió con la Historia (o la Humanidad, es que a  veces se confunden), Santiago, en definitiva y resumiendo, estaba atravesando un período tímidamente materialista y decididamente determinista de su (hasta allí) corta existencia. Sólo que todavía no estaba conciente de esto, y menos aún de lo inocente de esa (im)postura. Pero, como tristemente se sabe, todo llega. Y rápido.

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