Uno (III. Vapor de sodio)

La agonía de cada día resultaba inevitable. Recuerdo esta absurda sensación:  la desesperación sincronizándose con el alumbrado público (ese momento algo difuso que comprende los pocos segundos que necesita el vapor de sodio para devolver ciertos detalles en los rostros, con matices que surgen espontáneamente en tonos anaranjados).

Por un engaño, la fatalidad de esos atardeceres se potenciaba con la luna llena. La circunferencia de plata ajada era inmensa en sus primeros minutos, allá por el este. El momento adecuado según toda la tradición literaria. Pero todo es una ilusión óptica. Nuestro cerebro decide que el tamaño de los astros en el horizonte debe ser mayor que en el cenit. Bien, eso ya lo conocía entonces.

¿Era también una ilusión el resto?

En la plaza la distribución de los objetos (bancos, farolas, árboles, San Martín con el dedo acusador apuntando, creo, al Norte, fuentes, tachos de basura -y basura fuera del tacho-, anfiteatro de tablones podridos, pérgolas, canteros, uno que se creía y se decía excombatiente de Malvinas que dormía tirado arbitrariamente donde el piso suponía una consistencia menos sólida, pájaros -con sus abundantes y fertilizantes cagadas-, sombras, huecos y lugares tenebrosamente inaccesibles) seguían un patrón preestablecido. Hasta el día en el que las fuerzas vivas decidieron reestructurarlo todo. Bueno, esta gente de pueblo se había contagiado de la fiebre restauradora y decidieron abrirse camino a la revolución (productiva) de la mano de medidas tan eclécticas como quitarle 4 ceros a la moneda nacional (hecho que claramente ellos no decidieron) hasta cambiar las baldosas nacionales-hiperinflacionarias por la estabilidad de los productos extranjeros (algo en lo que sí podían darse el lujo de decidir).

Y así, el rosado viejo que tantas esperanzas sustentaba mutó su esencia a un tono gris claro. Toda una señal (que no advertimos a tiempo) de lo que vendría.

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