Oscuridad

La luz es dudosa, dual y (pongamos) traicionera. Su ausencia, en cambio, es de naturaleza concreta, fría y precisa (como tu mirada).

La oscuridad es pura, tal vez el único concepto que tiende (asintóticamente) al Absoluto.

Cuando no estamos condicionados por la probabilidad (es decir la incertidumbre) de lo visible mostramos nuestra verdadera naturaleza.

Pero la ironía es otra: la ausencia de luz es imposible. Tal vez no veamos, pero alguna radiación (alguna longitud de onda imperceptible para nuestros tristemente limitados sentidos) permanece.

Todo esto, debo decir, no es novedoso. Hace mucho (más de 70 años) Miguel Hernández, posiblemente afectado por sus lectura de Maxwell, Faraday y Planck, escribe una serie de poemas que publica bajo el nombre (inspiradísimo) de “el rayo que no cesa“. Es en la lectura de esos versos donde se vislumbra una posibilidad de verdad.

Aquí un ejemplo (y un adiós):


Soneto final

Por desplumar arcángeles glaciales,

la nevada lilial de esbeltos dientes

es condenada al llanto de las fuentes

y al desconsuelo de los manantiales.

 

Por difundir su alma en los metales,

por dar el fuego al hierro sus orientes,

al dolor de los yunques inclementes

lo arrastran los herreros torrenciales.

 

Al doloroso trato de la espina,

al fatal desaliento de la rosa

y a la acción corrosiva de la muerte

 

arrojado me veo, y tanta ruina

no es por otra desgracia ni por otra cosa

que por quererte y sólo por quererte.

Todo es mentira, ya verás. La poesía es la única verdad.

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