Apología del lector libre (día del lector #2)

En el capítulo 16 del libro “Antifrágil” (el gordo) Taleb, fiel a su estilo diríamos que provocador, brabucón o, lisa y llanamente, jetón, arremete contra la educación formal (e, indirectamente, contra los formadores) y practica una suerte de apología del lector libre. Es decir, critica la enseñanza dogmática, estructurada en planes de estudio y ensalza a aquellos (auto)proclamados autodidactas.

A pesar de varias reservas, no pude resistir identificarme (o, al menos, sentir una especie de conexión intelectual, si es que esta expresión significa algo) con el siguiente párrafo, de raíz autobiográfica:

“En la escuela me había dado cuenta de que, si escribimos un trabajo usando un vocabulario rico, literario y preciso (aunque adecuado al tema en cuestión) manteniendo un mínimo de coherencia, el tema en sí sobre el que escribimos pasa a ser secundario y el examinador se fija más en el estilo y el rigor.” (p. 303 de la edición de 2013 de Paidós)

Esa epifanía se sustentó en el hábito de leer, a partir de los 13 años, al menos 30 horas por semana. Leer tan solo lo que le interesaba.

Más allá de la arrogancia de este muchacho y la siempre latente exageración de las anécdotas autobiográficas, esta constituye una respuesta elegante a la pregunta ¿para qué sirve leer?

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