Invisible de Paul #Auster

Después de leer varias novelas de Auster, a lo largo de muchos años, sin seguir hoja de ruta alguna, más allá de lo que el azar (con el que tanto juguetea el mismo autor) dictamine (aunque a veces, debo confesar, se me ocurren y llevo a cabo con maníaca precisión ciertas rutinas de lectura estructuradas alrededor de ideas absurdas como alternar autores anglosajones con sus colegas hispanohablantes, quizás por un prejuicio contra las traducciones de los primeros o la familiaridad en el lenguaje de los segundos -en especial si son argentinos, que representan siempre un número menor en mi Canon, vaya uno a saber por qué- o, algo más clásico, por ejemplo someterme a eso de lo que tanto reniego -afirmando y revitalizando la flagrante contradicción en la que parecen descansar, cómodamente, mis pensamientos (#1)-, los “géneros”, y pasar de un policial -con sus tonalidades que van de lo psicológico a lo duro, negro o yanqui, como si esta subdivisión de lo absurdo de la clasificación, por un efecto matemático, no sólo lo anulara, a lo absurdo digo, sino que también lo explicara- a una novela fantástica, sin otra solución de continuidad aparte de la autoimpuesta y arbitraria legislación), no esperaba que surja algún giro en la trama, el estilo (o ambos) que me sorprenda cuando rescaté del tedio de mi biblioteca a “Invisible”, que venía humedeciendo su celulosa desde el 2011.

En cierto sentido, no me equivoqué, claro. Es lógico: no es el sabor del primer beso aquel que fue “la noche del oráculo”, ni mucho menos ese espasmo de miríadas de hormonas adolescentes enloquecidas por el erotismo intelectual de “trilogía de Nueva York”. Como todo, como todos, la costumbre y el tiempo nos cubren de capas concéntricas de insensibilidad. De todos modos, tal vez por una necesidad de asombro autoimpuesta (y, por eso, expuesta), los cambios de persona en el narrador (están todos, sí, muy bien hilvanados) y la típica construcción Austerliana (¿ya se puede decir así?) de una narración dentro de otra, espejada en varias superficies, me convidaron con una buena dosis de placer. Incluso en algunos pasajes (cómo no, mientras la historia se desarrollaba en París) me recordé leyendo otras historias en otros tiempos, más jóvenes, sensación que pocas veces disfruto en la actualidad y que, cuando soy consciente de ella, potencia mi relación con la lectura. Como en este caso, claro.

¿Esto pretende ser una recomendación? En absoluto. Es el fruto de la lectura de una novela (o de un autor, por qué no) que genera esa necesidad de transmitir, de compartir, de hablar de literatura. Creo que con eso ya se dice suficiente.

(#1) “La prueba de una inteligencia de primer nivel es la facultad para tener en mente dos ideas opuestas al mismo tiempo, y a la vez conservar la capacidad de seguir funcionando”.

Palabras que Henry Mintzberg en un texto de Management (“Safari a la estrategia”) atribuye a F. Scott Fitzgerald, y que seguramente varios emuladores del primero (y del segundo también) han reproducido hasta el hartazgo para defender métodos por lo menos discutibles

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s