La interpretación de Copenhague por Don Draper

La mecánica cuántica es fascinante. Lo es mucho más para los que no dominamos las matemáticas subyacentes a sus postulados, pero nos conformamos (por eso de mal de muchos, consuelo de tontos) con las explicaciones, derivaciones y devaneos que de tan filosóficos rozan con el absurdo. La interpretación de Copenhague es acaso, o por antonomasia, quién sabe, el delirio de esas mentes perturbadas.

En los comienzos (porque poner “en los albores” es, a mi juicio, antiestético, anticuado, y remite a un concepto de luminosidad, de esperanza, que, como espero se verá más adelante, se contrapone al sentido final de estas palabras, si es que existe algún sentido más allá de la mera procrastinación) del siglo XX y como fruto de la combinación de dos elucubraciones trascendentales  (el famoso principio de incertidumbre de Heisenberg y el concepto de la dualidad onda-partícula de la luz que, a su vez, se alimentaba de la experiencia de la doble rendija de Young y de la explicación del efecto fotoeléctrico de Einstein -que, indudablemente, tenía que aparecer por acá-, y no sigamos porque la fecundidad, por no decir viralidad de este pensamiento es pasmosa), un grupo de pacificadores de la ciencia intentó poner paños finos a la cuestión, y, guiados por Niels Bohr, que seguramente era el que llevaba a la peña el scotch mientras que Born sólo llevaba el hielo y Heisenberg los vasos, presenta un solución salomónica con un nombre muy literario.

Entonces (resumiendo y prescindiendo del bagaje matemático) se le pone fecha de elaboración a las famosas aseveraciones de la física como “las propiedades de onda y partícula son formas complementarias de observar un mismo fenómeno”.

Y también, acercándonos subrepticiamente a campos menos científicos, pero no por eso menos especulativos, “Nunca podremos separar por completo al observador del sistema que se quiere analizar” y “el propio acto de la observación determina el comportamiento final del sistema”.

Supongo que en la literatura, y antes de llegar hasta el extremo del descerebrado que pretende respaldar a la dialéctica (y con el mismo envión, al marxismo y su triste deformación, el comunismo), uno puede establecer alguna conexión con todo esto, sobre todo si consigue el mismo escocés que tomaba Niels. Para ir acortando (no tengo ni el tiempo ni el licor): no podríamos separar al autor de su obra narrativa, de sus personajes, de sus técnicas, en fin, del acto íntimo de escribir que se transforma en el acto de leer en otras tantas personas. El autor como una variable más de la función (y a la mierda con los estructuralistas y su intento de asesinato del autor). Justamente, y aquí reside el núcleo de una nueva paradoja, es el lector, en definitiva, el que toma la decisión y fija el carácter de la obra. En ese acto decisivo, la función de onda colapsa: todas las probabilidades de resultados contenidas en la descripción de la función de onda, que es la obra narrativa, caen y solo se mantiene el resultado final.

Podría, en este momento, cristalizar este concepto en algún ejemplo de algún autor de los tantos que se me ocurren (bueno, no tantos). Pero como cobardemente (pero sin vergüenza, Cerati dixit)  tomo partido de la ya trillada postura de que la mejor literatura (en este caso Yanqui) hoy está en las series, remato esta diletante pantomima con unas líneas de Don Draper, en el capítulo 4 de la sexta temporada (“the flood”), claro que es indispensable ver la escena para que todo colapse en, tal vez, una lágrima.

I don’t think I ever wanted to be the man who loves children.
But from the moment they’re born that baby comes out and you act proud and excited and hand out cigars but you don’t feel anything.
Especially if you had a difficult childhood.
You want to love them, but you don’t.
And the fact that you’re faking that feeling makes you wonder if your own father had the same problem.
Then one day they get older and you see them do something and you feel that feeling that you were pretending to have.
And it feels like your heart is going to explode. (1)

(1)No creo haber deseado ser nunca ese tipo de hombre que ama a los niños. / En el momento en que nace tu bebé, actúas orgulloso y excitado y repartes cigarros, pero no sientes nada. / Especialmente si tuviste una infancia dura. / Quieres amarlos, pero no lo logras. / Y el hecho de que estés simulando ese sentimiento te hace pensar si tu padre no habrá tenido el mismo problema. / Entonces, un día ellos crecen y los ves haciendo algo y realmente sentís ese sentimiento que simulabas tener. / Y se siente como si tu corazón estuviera a punto de explotar.

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